DISCURSO DE JUAN PABLO II a
los RESPONSABLES REGIONALES
DE LOS “EQUIPOS DE NUESTRA SEÑORA”.
Queridos amigos:
1.- Tengo el gozo de
acogeros a vosotros, Responsables
Regionales de los Equipos de Nuestra Señora, que habéis acudido a este
encuentro mundial en Roma, con vuestro
consiliario espiritual internacional Monseñor Fleischmann y otros sacerdotes.
Agradezco al señor y la señora Roberty, responsables internacionales del Movimiento, sus cordiales palabras.
2.- ¿Cómo no recordar en primer lugar la figura
del Padre Henri Caffarel, vuestro fundador,
que acompañó e inició en la oración a tantos matrimonios?.
Con ocasión del centenario
de su nacimiento me alegro de unirme a vuestra acción de gracias. El Padre Caffarel mostró la grandeza y la belleza de la vocación matrimonial, y, anticipando las orientaciones fecundas
del Concilio Vaticano II, subrayó el
valor de la llamada a la santidad ligada a la vida conyugal y familiar (cf
Lumen Gentium n.11). Él supo resaltar
los grandes ejes de una espiritualidad específica, que deriva del Bautismo,
subrayando la dignidad del amor humano en el proyecto de Dios.
La atención que prestaba a
las personas comprometidas en el sacramento del matrimonio le condujo a poner sus dones al servicio del
“movimiento espiritual de viudas de guerra”, convertido hoy en “Esperanza y
Vida”, y a dar aquel impulso que llevó a la creación de los primeros Centros de
Preparación al Matrimonio, hoy día ampliamente difundidos. Después han nacido también los Equipos de
Nuestra Señora de Jóvenes, demostrando su deseo de proponer un camino de fe a
la juventud.
3.- Frente a las amenazas que pesan sobre la
familia, y a los factores que la
debilitan, es particularmente oportuno
el tema de vuestros trabajos “Parejas llamadas por Cristo a la nueva
Alianza”. Para los
cristianos el matrimonio, que ha sido
elevado a la dignidad de sacramento, es por su propia naturaleza signo de la
Alianza y comunión entre Dios y el hombre, y entre Cristo y la Iglesia. Así, para toda su vida, los esposos
cristianos tienen la misión de manifestar, de manera visible, la alianza
indefectible de Dios con el mundo. La fe cristiana presenta el matrimonio como
la buena Noticia: relación recíproca y
total, única e indisoluble, entre un hombre y una mujer, llamados a dar la
vida. El Espíritu del Señor da a los esposos un corazón nuevo y los hace
capaces de amarse como Cristo nos ha amado, y de servir la vida como
prolongación del misterio cristiano, ya que en su unión “cumple el misterio
pascual de muerte y resurrección” ( Pablo VI, Alocución a los Equipos de
Nuestra Señora, 4 de mayo 1970, n.16).
4.- Misterio de alianza y de comunión, el
compromiso de los esposos les invita a poner su fuerza en la Eucaristía, “fuente del matrimonio cristiano”
(Familiaris consortio, n.57) y modelo para su amor. En efecto, las diferentes fases de la liturgia eucarística
invitan a los esposos a vivir la vida conyugal y familiar a ejemplo de Cristo,
que se da a los hombres por amor. Ellos
buscarán en este sacramento la audacia necesaria para la acogida, el perdón, el
diálogo y la comunión de los corazones.
Será también una ayuda preciosa para afrontar las inevitables
dificultades de toda vida familiar. Que puedan ser los miembros de los Equipos
los primeros testigos de la gracia que aporta una participación regular a la
vida sacramental y a la Misa dominical, “celebración
de la presencia viva del Resucitado en medio de los suyos” (Carta
apostólica Dies Domini, 31 maig 1998 n.31, cf también n.8 1), y antídoto para afrontar y superar
obstáculos y tensiones (discurso a los miembros de la XV asamblea plenaria del
Consejo Pontificio de la Familia, 18 de Octubre 2002, n.2).
5.- Nutridos con el Pan de
Vida y llamados a ser “luz para los que
buscan la verdad” (Lumen gentium, n.35), especialmente para sus hijos, los
esposos podrán entonces desarrollar plenamente la gracia del Bautismo en sus
misiones específicas en el seno de la familia, en la sociedad y en la Iglesia. Esta fue la intuición del Padre
Caffarel, que no quería que se entrara “en un Equipo para aislarse..., sino para
aprender a darse a todos” (Carta mensual febrero 1948, p.9). Me alegro de los compromisos asumidos, os exhorto a todos los miembros de los
Equipos a participar cada vez más activamente en la vida eclesial, en
particular con los jóvenes; ellos
esperan el mensaje cristiano sobre el amor humano a la vez exigente y dichoso. En esta perspectiva, los miembros de los
equipos pueden ayudarles a vivir el período de la juventud y el noviazgo en la
fidelidad al mandamiento de Cristo y de la Iglesia, permitiéndoles buscar la
verdadera felicidad en la maduración de su vida afectiva.
6.- Vuestro Movimiento
dispone de una pedagogía propia, basada en los “puntos concretos de esfuerzo”, que os ayudan a crecer juntos en la
santidad. Os animo a vivirlos con
atención y perseverancia, para llegar a amar verdaderamente. Os invito en
particular a desarrollar la oración personal, conyugal y familiar, sin la cual
un cristiano corre el riesgo de debilitarse, como lo decía el P. Caffarel
(L’Anneau d’Or, marzo-abril año 1953, pág, 136). Lejos de desviar el compromiso con el mundo, una oración
auténtica santifica a los miembros de la pareja y de la familia, y abre el
corazón al amor de Dios y de los hermanos.
La oración hace también capaz de construir la historia según el plan de
Dios (“Congregación para la Doctrina de la Fe. Carta sobre algunos aspectos de
la meditación cristiana. Oración jornadas 15-octubre-1989).
7.- Estimados amigos, doy gracias a Dios por
los frutos que ha aportado vuestro Movimiento en todo el mundo, os animo a testimoniar sin parar y de una
manera explícita la grandeza y la belleza del amor humano, del matrimonio y de
la familia. Al final de esta audiencia,
mi oración llega también a los matrimonios que están en crisis. Que puedan
encontrar en su camino testimonios de la ternura y misericordia de Dios. Deseo reafirmar mi proximidad espiritual con
las personas separadas, divorciadas y casadas nuevamente, que como bautizadas
son llamadas a respetar las reglas de la Iglesia, a participar en la vida
cristiana (cf. Exhortación Apostólica Familiaris consortio, n. 84). Expreso también mi agradecimiento a los
consiliarios que os acompañan con disponibilidad. Ellos aportan su competencia y su experiencia a vuestro
Movimiento laical. A través de esta
colaboración, sacerdotes y matrimonios
aprenden a comprenderse, a quererse y a ayudarse. Vosotros, que conocéis la gracia de una presencia sacerdotal,
podéis rezar por las vocaciones y ¡transmitir sin miedo a vuestros hijos la
llamada del Señor!.
Confiándoos a vosotros y a
todos los equipos y a sus familiares a la intercesión de la Madre de Dios del
Magníficat, invocada cada día por los
miembros de los equipos, y a los beatos
José y María Quattrochi, os concedo a
todos mi afectuosa bendición apostólica.